jueves, 4 de agosto de 2011

Qué noche la del aquel día: las dos y media


Son las 2 y media. Lucía ya se esconde bajo el edredón de su cama aunque sé que para que concilie el sueño deberán pasar un puñado de minutos más. Mis labios han dejado de sangrar y dos costras sirven como estanque.

La oveja en la que se ha convertido la bestia está apoyado al otro lado de la puerta pero he colocado el tocador delante para que no pueda abrirla ni un solo centímetro. Se han caído todas las fotos y todas los adornos de falsa plata que un día nos regalaron para que barnizásemos esta oscuridad con un poco de falsa felicidad. Me da igual. Tan solo recojo la foto de Lucía que la aprieto contra mi pecho con todas mis fuerzas, sólo por ella debería estar agradecida de ti toda mi vida. Me duelen más sus gritos que tus golpes. Está desesperada porque necesitaba ver a su madre dar un paso hacia delante.. Ella fue fruto de un amor que se marchitó con el paso de los días, quizá de los meses, pero no de los años, porque nuestro primer aniversario resultó el peor día de toda mi vida.

Aquel día llegaste tarde. Yo había preparado una cena de ensueño con velas, la vajilla de mi madre y el mejor salmón de todo el mercado. Había comprado jamón del bueno y ese vino que tanto te gustaba. En el postre venía lo mejor porque nuestros cuerpos iban a dar su primer fruto en sólo nueve meses y quería celebrarlo haciéndote le amor; pero ni siquiera pude servir el aperitivo. Aquel día escribió la primera cita de una eterna lista de días desesperantes. Abriste la puerta, yo me había comprado un vestido nuevo, pero no me miraste. Fue la primera vez que no olías al perfume que acompañaba tu cuello cuando eras adolescente. No entendí nada, no vocalizabas nada coherente y te recriminé que vinieras así.

- Por favor Martín siéntate y descansa, ¿Qué ha pasado?

- ¡Cállate puta! Maldita, zorra buscona y habladora.

- Pero ¿por qué me dices eso?- Te dije con mis ojos a punto de estallar. Y entonces tu mano me dio la primera bofetada de toda mi vida. La primera de mil.

Luego averigüé y, no porque tú me lo contaras, que se rumoreaba algo sobre una aventura entre tu amigo Dani y yo. Pero en lugar de preguntármelo a mí decidiste creer a cuatro correveidiles y alcahuetes de ese bar del infierno debajo de esta casa. Jamás he vuelto a abrir su cortinilla, tú sin embargo sabes quién se ha limpiado con cada una de las servilletas grasientas que se arrastran por el suelo desde la hora del desayuno. Te juré por la niña que aquello fue anterior a conocerte. Y juro por mi hija que ojalá en estos momentos estuviera al lado de Daniel. (CONTINUARÁ...)

lunes, 1 de agosto de 2011

Qué noche la del aquel día


1:00

Las agujas de mi reloj marcan la una. Tan solo un tenue hilo de luz susurra por los pequeños huecos de la ventana, aunque yo estoy acurrucada con las manos en mi rostro en el lado más oscuro. Porque no quiero enfrentarme a la realidad que marcan las bombillas de mi mesilla y el espejo del tocador.

Paso la mano por mis labios y noto que vuelven a estar cuarteados. La sangre brota como esos arroyos que veíamos nacer hace demasiado tiempo en nuestros queridos Pirineos. Y mis ojos azules se destiñen hacia el morado más intenso.

Te oigo llorar como un perro cuando hace solo unos minutos has rasgado mi dignidad con la fuerza de un oso. Ahora sólo nos separa una puerta pero esa madera significan mil mundos entre tú y yo.

Nuestra hija llora bajo el edredón de su cama con los cascos de su mini radio en los oídos; cada noche pretende que la barrera que le ofrece Dani Martín crezca tanto que entre ella y nosotros no exista forma de guardar ni un ápice de cariño. En febrero cumplirá 8 años. La hemos obligado a subir escalones más rápido de lo que marca su edad y comienza a entender que no entiende absolutamente nada. Ni por qué tú conviertes el brazo en un barra del acero más duro; ni porque yo carezco de las agallas suficientes para abandonarte de una puta vez.

No quiero recordar por qué ha comenzado todo. Una vez más, y ya van mil, has llegado borracho de esa mierda de trabajo en el taller más lúgubre de esta barriada del olvido, al fondo de la nada. Te había dejado la cena en el plato porque ya era tarde y yo había picado algo con Lucía mientras veíamos la eterna película de adolescentes que guarda como un tesoro y de la que ya recuerdo de memoria todos sus diálogos. Tú no.

Sin ni siquiera colgar tu abrigo has barritado como un elefante dónde estaba tu cena. Apestabas a ginebra rancia y me has vuelto a insultar un millón de veces. Al parecer, esta noche no te apetecía cenar solo y yo no lo había adivinado. Que pena que no comprase una bola de cristal hace 15 años cuando te conocí en aquella Nochevieja. Y no para saber tus intenciones de hoy sino para que me desvelase que mi vida aquí ardería como el infierno.

Te he contestado que no gritaras, que la niña se acababa de acostar, pero una vez más, te ha dado lo mismo. Has roto el plato con la tortilla y las dos tristes pechugas de pollo han quedado desparramadas por el suelo; pero con eso has tirado algo más que una simple cena. Por enésima vez has acabado con el cariño con el que preparo algo para ti.

Después has empezado conmigo; con mi cara y con mi cuerpo, hasta que tu mano te ha dicho basta por puro agotamiento. Te odio. (CONTINUARÁ...)



jueves, 6 de enero de 2011

Frases cortas

Una mirada. Una sonrisa. Palabras unidas que forman una conversación. Una risa. ¿Me das tu teléfono? Otra sonrisa. Una llamada, con la boca seca. Una petición. Sí. Buff. Una ilusión. Muchos nervios y un corazón que palpita demasiado rápido. Por supuesto, una colonia cara. Dos besos. Otra conversación, sin ruido. Más sonrisas. Manos muy frías. Te acompaño. Un portal. Una cintura. Un beso. De verdad. Más ilusiones. Viernes, sábado, domingo y, sobre todo, lunes. Más llamadas. Planes. Un enamoramiento y un amor. Algunos días, muchas noches y demasiados amaneceres. Una cama pequeña. Viajes, ganas y proyectos. Unos días, que unidos forman unas semanas y unidos unos meses. El reloj que pasa. Y pasa. Unas discusiones. Y mejores reconciliaciones. Más discusiones. Menos reconciliaciones. Algunos malentendidos. Una monotonía. Una conversación y su segunda oportunidad. No funciona. “Tenemos que hablar”. Otra conversación. Algunas lágrimas aunque muy pocas de verdad. Menos sentimientos. “Quedamos como amigos”.

Punto y aparte. Más lágrimas. Malentendidos. No nos hablamos. Sí nos hablamos. No nos hablamos. Y, por supuesto, ahí están amigos y amigas de verdad. Otros desaparecen. Nuevas mentiras y menos verdades. Demasiados recuerdos. Un aún te quiero. Y yo te he olvidado. Otras miradas. Otras personas. Demasiadas preguntas. Pocas respuestas. Más lloros. Un horizonte. Lejano. Más recuerdos. Una maratón. Larga. Larguísima. Otras semanas. Otros meses. Y algún año. 42 kilómetros y 195 metros. Amanece. Un recuerdo. Borrado. Del todo. Fin.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Profesionales del sexo, amateur del resto

Aquí me llamo Gladis y soy puta. Acaba de pagarme mi último cliente. 80 sucios euros por media hora encima de un viejo borracho con más ganas de vomitar e insultarme que de follar. Siento mi vocabulario. Los casi 10 años en un colegio de monjas clarisas resultaron el peor de los desperdicios.

Gladis es el nombre más sugerente que se me ocurrió minutos antes de hacer mi primer servicio en la calle. Lo comparo con un traje, muy sugerente por cierto. Me viste cuando cruzo el dintel de mi lupanar y me lo quito en el mismo momento que pongo mis tacones en la calle.

Desde hace un puñado de años mi vida se escribe sobre papeles sucios y con plumas gastadas. Porque mil veces me he quedado sin tinta y lo peor, mil veces me ha faltado otro cartucho para cambiarla.

Todavía recuerdo mis primeras noches en la calle Montera. Estábamos ordenadas como un ejército. Las veteranas en los portales más grandes, las novatas en las esquinas más sucias. Si yo dijera los personajes que acercaron en busca de un polvo medicinal temblaría la alta suciedad de la capital. Por allí pasaron futbolistas, políticos, cantantes y algún torero. Todos podrían hacer vaho con cualquier guapita de La Posada, pero el morbo de lo prohibido les atraía hasta aquella calle de polvos rápidos y mal pagados.

Aquí trabajo en poco más de cuatro metros cuadrados que dan pena. Cuatro metros cuadrados plagados de espejos, luces rojas y condones de sabores. Huele a puta que apesta. Un hedor que mezcla colonia barata, güisqui del malo y sudor de algún cliente poco aseado. Sobre la cama una mantilla hortera regalada por un madurito que se encaprichó de mí y, sobre todo, de mis tetas sin silicona. Aquel gordo millonario creía que con propinas generosas y piropos cursis inclinaría mi vida hacia un matrimonio de apaño. Pero querido amigo soy puta, no una golfa.

Este negocio se ha plagado de gentuza. Ahora mandan las rumanas y sobre todo, sus rumanos. Cuatro gorilas violentos que te sacuden un bofetón por mirarles a los ojos. Estos proxenetas se quedan más de la mitad de nuestro sueldo y disfrutan de barra libre con nuestros cuerpos cuando lo pide la bragueta de sus pantalones.

Tengo una hija. Se llama Candela, en junio cumplirá 10 años y cree que su madre trabaja de modista en una sastrería de Las Rozas. Sinceramente, no sé ni enhebrar una aguja pero me siento incapaz de decirle que su madre suda en las sábanas de cualquier hombre por poco más de 80 euros. Porque me entrego como una profesional y si hay que sudar, pues se suda.

Oigo ruidos tras estos tabiques de papel. Mi compañera venezolana se ocupa de otro borracho insoportable. Débora cruzó el charco engañada por un proxeneta que le prometió empleo como camarera. La diferencia entre esos cubatas que pensaba servir y lo que hace ahora sólo es una “n”. Y una letra querido lector, a veces, supone mucho.

La ley de Newton comienza a hacer efecto en mi pecho. Cada vez tengo más claro que, en un par de mayos, entre las tetas sólo guardaré un puñado de centímetros para mi ombligo. Las chicas del este han hecho mucho daño en el mercado del sexo. Esas ubres tan perfectas venden más que cualquier virguería nacional.

Pero lo peor de todo es que a mis 35 años no me planteo otra vida en la que mi burdel no sea protagonista. Mi historia no oculta una sorpresa final. Ni soy transexual ni me muero ni nada similar. Mi sorpresa es que no hay sorpresa. Soy una triste puta de bar. Así de simple y, a la vez, así de complicado. Tocan mi puerta. El siguiente cliente me está esperando.

martes, 23 de noviembre de 2010

Mi Buenos Aires querido

- Gallego sírvame otra.

- No cree que ha bebido demasiado, ni si quiera guarda fuerza para balbucear una sola palabra coherente-

- Che, no me jodas, no seas boludo ¡Vos me servis lo mismo!

Me lo dijo un viejo argentino hace unos cuantos años mientras yo tiraba cervezas en la barra más mugrienta del Barrio de la Boca, en Buenos Aires. Hacía unas cuantas horas que ese viejo con la cara pintada de azul y amarillo ahogaba sus penas en el peor ron de aquel bar con hedor a tabaco y alcohol barato.

Y es que, según me dijo, su vida había dejado de tener un sentido. Yo no sabía por qué.

No quiso mezclar a su mujer. Ese pobre borracho vivía en una mentira. La zorra de su esposa se acostaba con un jovencito cordobés; más guapo, más simpático y con un riñón dorado en forma de herencia millonaria. El viejo lo sabía pero miraba a la calle cuando sus sábanas se quedaban arrugadas por los revolcones de su mujer con un hombre que no era precisamente él.

No nombró a sus hijos. Me dijo que, desde que emigraron a España no había vuelto a saber de ellos. Carlos José y María de la Luz volaron a Barcelona para soñar con un futuro que en Buenos Aires sólo apuntaba a pesadilla.

Tampoco me habló de trabajo. Desde hace casi un año cambió su labor en una cadena de autos por uno más simple. Ese en el que simplemente te pones en una cola una vez al mes mientras esperas una llamada que jamás suena. Resulta curioso que una persona harta de montar espejos retrovisores, se mostrase incapaz de mirar hacia adelante.

La salud le importaba bastante poco. Dos cajetillas de tabaco al día le habían dejado los pulmones más negros que las peores aceras de su cuadra en La Boca. Los doctores ya le habían anunciado que sus pulmones cumplirían en junio 91 años. Y su partida de nacimiento le dejaba en poco más de 50.

- Sabes gallego, la peor desgracia para cualquier hombre es no tener un lugar al que volver. Y yo el mío lo he perdido.

De esa frase me acordaré toda la vida. La habían dicho de Diego Maradona cuando estuvo a sólo unos milímetros de convertirse en un mito.

Quizá había perdido lo poco que le quedaba en algún negocio peligroso y vivía una cuenta atrás que estaba llegando a sus últimos segundos.

Le serví su enésimo anís. Estaba absolutamente borracho. Le miré a los ojos y pude ver las lágrimas más tristes de toda Argentina. El viejo había girado el rostro hacia la enorme Telefunken que presidía el bar. La pintura de su cara estaba totalmente descolorida.

- Gallinas boludos.

Miré hacia la pantalla y vi a un tal Francescoli con los brazos apuntando a lo más alto del cielo; vestía una camiseta blanca con una raya roja cruzada y había asaltado una Bombonera. Boca 0- River 1. Lo había comprendido. En Argentina el fútbol supera a una religión. Es una vida.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Carta a nadie

Suenan las doce. Soy el interno número 467 de una prisión en medio de la nada. Y sonrío. Sólo faltan un puñado de horas para que me abran las puertas de esta puta cárcel. De par en par. Aquí llegué hace demasiados años con mi cuaderno de faltas escrito hasta la última línea y de aquí me marcho con esas páginas limpias y sin tachones.

Por mi prisión han pasado personas de todas las clases, nacionalidades y religiones. Todavía recuerdo a aquel musulmán de barba tupida y pies sucios que olía como el peor de los callejones en la mejor de las fiestas. Ammal, o algo parecido, extendía su alfombrilla gastada, de flecos arrugados y se arrodillaba para rogar por unos sueños que jamás he sabido si se convirtieron en realidad.

Quizá por eso, y por alguna cosa más, me declaro profundamente ateo. Eso sí, cada noche rezo un Ave María; por lo que pueda ocurrir.

Estoy nervioso. Hace unos días que la saliva se perdió en lo más profundo de mi garganta y mi boca permanece tan seca como mis queridos Monegros.

Aquí he hecho amigos para siempre; los mismos que me faltaron en aquel 92, cuando Barcelona perdió la vergüenza y, por fin, se levantó las faldas para que los forasteros viésemos las mejores piernas del mundo. Benditos y malditos días. Ese Raval y ese salto olímpico hacia la nada.

Adiós Damián. Consumes tu vida aquí, con unos puzzles de miles de piezas. Siempre me has parecido un compañero inteligente; mientras buscas esas fichas, no piensas. Adiós también al hijo de puta de Mario Alberto; el chicano cabrón que cuando ve ese puzzle casi completo lo rompe en las mismos tres mil piezas con las que había empezado el pobre Damián. Y como olvidarte Mariano. A ti y a tus mujeres. Cuentas cien aventuras con cien chicas diferentes. Todos sabemos que esas cien niñas sólo pueden salir de cien casitas de luces. Mientes pero te quiero igual.

Me despido también del comedor y su peste a rancho recalentado; de las sillas carcomidas y las mesas oxidadas. Adiós a la verdura sin aceite ni más arreglo que unas tristes patatas cocidas para callar los estómagos más vacíos; las lentejas y su dos guindillas contadas; los macarrones entomatados; y el arroz duro como el cemento de estos muros. El menú ha sido invariable tantos años que también en eso deseo cambiar.

Porque ha llegado el momento de andar. Fuera. Mi camino tiene una única dirección y los siguientes pasos no están aquí. Lo pienso y mi sonrisa crece. Sudo. Mucho. Todo mi cuerpo siente esa ansiedad previa a los momentos importantes.

Miro mi celda. Oscura, húmeda y fría cuando llegué y, ahora, un poquito más cálida. El próximo inquilino dormirá en un catre más acogedor gracias a mí. Me alegro. Menos de cuatro metros cuadrados en los que he pensado demasiados días. El primero sólo quería ver el patio por el pequeño ventano de la celda, después cruce el umbral de mi puerta y, un poco más tarde, mi cara pálida dejó de desentonar con las del resto de internos. Aquí, o asumes tu condición, o tu muerte es cuestión de días.

Y por supuesto, me acuerdo de ti mi reina. Te conocí, me enamoré y te marchaste. Dejaste tu endemoniada huella en forma de siglas. Hasta hoy. No te guardo rencor. Pero tú ahora me importas bastante poco. Lo juro.

Oigo voces aunque todavía es pronto. Mi maleta está cerrada. Sudo. Más. Escucho el inconfundible ruido de la cerradura. Una silueta oronda, una voz grave y unos ojos vidriosos. Ha venido el capellán. Me lo merezco.

- Maldito SIDA hijo, maldito SIDA.

- ¡Ni una puta lágrima! Unos minutos más y mi muerte se encargará de abrirlo todo.

viernes, 15 de octubre de 2010

Porque toda historia tienen su final

Otro Lunes

Sí. Todo lunes lleva implícito un golpe de cansancio. Me acaba de sonar el despertador. Un martillazo en mis oídos tras 48 horas dando palos de ciego en tantas y tantas barras, sólo guiado por el recuerdo de unos días que jamás volverán. Empieza la semana. Siete largos, larguísimos, días hasta que vuelva vivir las penosas sensaciones de ayer.

- Levántate, comienza la semana con una sonrisa y con la mejor música – dice la radio-.

- Qué coño sabrás tú – pienso sin dejar de verle en esa foto escondida y oírle en esos recuerdos. Porque algunos recuerdos se ven y se oyen. Pase el tiempo que pase.

No. No quiero ver a nadie pero el lunes es pertinaz. Debo ir a clase, a la universidad, a mi facultad, a mi aula. A mi vida. Esa que tanto me gustaba, esa que tanto odio. Ella está allí y está más guapa que nunca. Hubo en día en el que decidí que mi camino tenía una dirección diametralmente diferente, porque me daba igual. Ella lloró, yo reí. Ahora ella ya sabe dónde se dirige, yo sigo llorando. Cómo me arrepiento. Maldito ese 20 de abril.

Allí están los que fueron mis amigos, en el bolsillo mi otro amigo. Hijo de puta como el que más pero fiel como ninguno. Estuve con él este fin de semana, una vez más.

Las horas pasan, la cafetería también. Y las cartas y la comida y la cena. Sólo quiero que los minutos se consuman e irme a dormir. Entre sueños todo se olvida. Antes sólo quería vivir porque soñar era perder el tiempo. Ahora sólo quiero... dormir.

Martes de carnaval

He consumido sólo un día de la semana y parecen 27. El despertador vuelve a sonar y el tonto del culo ese de la sonrisa en la radio también. Me ducho y me miro al espejo, no me he afeitado. ¿Para qué? Ahora eso ya no molesta a nadie.

La facultad las mismas sensaciones y las horas se consumen tan lentas como mi último cigarro en la cafetería. Cuanto daría por oírle hablar.

Y en un momento, una voz.

- ¿Qué tal estás?- Es ella-. Tanto tiempo sin oír sus labios me deja seco. Tantas cosas qué decir y tan largo el camino entre mis pensamientos y mi voz.

- Bien, bien... – qué mal miento-. Mi vida desde aquel 20 de abril ha sido un vía crucis hacia la nada. Lo maldeciré una y mil veces. Me equivoqué y fui tan cobarde que ni siquiera supe rectificar.

- Joe- nunca le gustó decir tacos, todo lo contrario que a mí-, hace tanto tiempo que no hablamos que me gustaría quedar para ponernos al día – me dice-. A ver cuando puedes porque según me han comentado ahora no entras en casa-.

Qué diferencia con aquellos días. Una película y su mano con mi mano eran suficientes para ser la persona más feliz del mundo.

- Pues esta semana cuando quieras. Te llamo.

- Mejor el finde- me responde.

Ella sonríe. La quiero. La sigo queriendo más que a nada en mi vida.

Es una bocanada de aire fresco. ¿Qué querrá?, ¿qué me dirá?. No me quiero hacer ilusiones. Será sólo para saber cómo me van las cosas. Ni yo me creo eso, en el fondo de mí espero otras respuestas. Una sonrisa. Sí.

Miércoles de ceniza

El despertador ha sonado con otro ritmo, con otros tonos. Hay tantas respuestas a la vista que me quedo helado. El waka-waka suena. Al menos, suena.

Qué nervios. Y qué hago. Y cómo le digo todo. Y se aburrirá. Lo tonto que fui. Lo que la quiero y la cantidad de historias que dejé pendientes, por detrás y por delante. Tantas y tantas preguntas y tantas respuestas posibles.

En sólo un día, en cuatro frases, cuánto he cambiado. Todo me duele, pero menos, y mi amigo el del bolsillo está ahora en el cajón.

Voy a clase, tan aburrido como siempre.

- Déjame un folio. – me dice mi compañero, ese muermo que no tiene casi nada que contar. Lo ha dicho temeroso, con lo mal que le he tratado siempre no es para menos.

- ¿Por qué no? – y se lo doy. Miro a mi chica y ella sonríe. La lluvia se ha convertido en chirimiri, ese que en Pamplona tanto da por el culo pero que no moja.

Hoy ha jugado el Barça en la Champions. Hasta Valdés hace paradas. 3-1. Este equipo huele otra vez a campeón.

Jueves Lardero

Hoy no me levanto con la radio, estoy buscando algo bueno en aquellos Cd´s que tanto tiempo hace que no escucho. Ahí están los Tahúres Zurdos. Demasiado apagados, me apetece escuchar algo más animado. Mira voy a poner una de Ixo Rai, aquí los conocen poco pero suenan bien.

Hoy es jueves y la tengo que llamar, quedaré para el fin de semana; necesito tiempo porque nada puede fallar. Fui gilipollas, desperdiciar un momento así con una niña que merece tantísimo la pena; pero bueno, todos merecemos una segunda oportunidad, yo también.

Jueves universitario. También voy a llamar a mis amigos, a mi gente, la que está abandonada en el fondo de esa historia que me persigue desde hace tantos y tantos meses.

- Javi, ¿cuánto tiempo no? ¿Qué haces, qué es de tu vida? Oye quedamos esta noche, por los viejos tiempos.

- Joder macho sí es que has estado desaparecido. Cuantísimo sin saber de ti -me responde con un tono más que sorprendido-. Por supuesto, quedamos a las once, y ven con ganas crack.

Mejor. La fiesta está siendo cojonuda y en seguida nos ponemos al día. Son las cinco estoy borracho, sólo borracho. Me estoy riendo como el que más con todos estos.

Viernes de Dolores

Hoy lo del despertador se ha quedado a un lado. Menuda resaca. La resaca más dulce de los últimos tiempos. Mi primer pensamiento va, una vez más, hacia ella, hacia la sonrisa de los últimos días y hacia esos últimos días que hicieron desaparecer esa sonrisa. Le voy a llamar.

Cómo decirle tantas cosas. Y por teléfono. Necesito que mi voz parezca natural. Los nervios y la boca seca me ponen todavía más nervioso.

- Chica... ¿qué tal? – mi voz tiembla, como sólo temblaba en aquel verano en el que conocí a aquella niña. Esa de la camiseta de tirantes y la media melena que iba a conseguir que mi vida diese un vuelco hacia el todo.

- Pero ¡qué sorpresa! Creía que nunca me ibas a llamar.

- Lo de quedar sigue en pie ¿no?- Qué estupidez de frase había dicho. No era capaz de articular más de tres palabras coherentes seguidas. Y esta vez no le podía culpar al hijo de puta de mi amigo, ese que conocí el 21 de abril y que estaba agazapado en lo más profundo de mi olvido desde hace unos días.

- Por supuesto, tenemos tantas cosas que hablar...

- Un montón sí-. Otras tres palabras. Con el millón que tengo en la cabeza.

- Mañana a las diez... en el Gallipot.- Qué recuerdos, ese bar donde tantos ratos vivimos, donde tantas historias nacieron para nunca acabar.

- Ok chulico- Chulica le llamaba yo cuando se ponía seria. Me encantaba cuando hacía descansos entre sonrisa y sonrisa. Así le había llamado yo tantos meses. Así me había llamado ella ahora.

Yo sonrío. Yo. Grande. Bien. Crack. Porque la vida da segundas oportunidades siempre, ahí está la mía.

Sábado de Gloria

Qué bien he dormido. La ilusión y los nervios, a la par, recorren mi cuerpo otra vez. Sólo unas horas para mi encuentro. Sólo unas horas para revivir las sensaciones más olvidadas en esa sonrisa y en esa voz. Hoy sí me afeito, hoy vuelvo a ser feliz.

Son las nueve y allí ya está ella, tal y como la dejé, con su gesto de siempre y aquel bolso que le regalé en uno de nuestros aniversarios, porque los celebrábamos todos. Han pasado tantos meses desde que le dejé y me parecen sólo unos segundos. Siempre llegaba tarde y ahora había sido yo el que me había retrasado. Y por supuesto, sobre la mesa, su coca cola, siempre su coca cola. Me senté a un lado. Para que ponerme enfrente. Necesitaba sentir el calor de su alrededor

- ¿Qué tal? ¿Qué nervios no? Tanto tiempo.- Las primeras palabras necesitan sorbo a mi caña para humedecer los labios, tan secos como una lija. Esperaba sus palabras con ansia. Quiere volver a intentarlo. Lo sé.

- Que te vengo a decir algo. Sonríe joe y no estés preocupado- en su cara el mismo gesto de risa nerviosa, ese que surge cuando tienes algo importante que contar y no sabes cómo.

- Dime, dime... -le cojo la mano.

- Me caso. Soy feliz.

Cuatro palabras. Diez mil puñaladas en mi corazón. Diez mil, veinte mil o cincuenta mil. Todo para nada. Me voy, no quiero saber nada más. No soporto que me relate su felicidad ni un segundo, no puedo. Tengo ganas de llorar y tampoco puedo. Lloro en lo más hondo de mi interior, es todavía más doloroso.

Acabo de llegar a mi habitación y mi amigo me está esperando. Este nunca me falla, ya dije el lunes que siempre estaba ahí. Un hijo de puta agazapado que no me olvidaba. Del cajón a mi bolsillo, de mi bolsillo a mi mano, de mi mano a mi nariz y de mi nariz a mí. Más. Hoy lo necesito más que nunca. Ya noto su calor. No pares. Más y más.

Son las doce. Creo que me he pasado.

Domingo de resurrección

He muerto. Está amaneciendo.