lunes, 7 de octubre de 2019

La muerte


La muerte es tremendamente comunista, quizá porque es la única que nos considera a todos por igual. No conoce de clases, títulos ni cobres. La muerte es un instante, un momento. Los órganos vitales dejan de funcionar y el corazón se detiene. Y punto (y a parte o final, eso a elección propia e intransferible). Le importa muy poco si vistes traje de seda, capa y calzoncillos rojos o una camiseta harapienta. Si sudas vino tinto o miserias. Muere todo y morimos todos. Y menos mal porque aguantar un aliento indeseable, un amor, un trozo de carne entre dos muelas, Chernobyl, Juego de Tronos o Sálvame durante toda la eternidad resultaría agotador.
Hasta esa muerte, el señor calvo con sonrisa tejida a navaja nos permite ver media realidad y envolver la otra mitad en mil falacias, mentiras, trampas y trofeos de cartón piedra. Y gritos, muchos gritos. Maldita sea. Los malos son malos y se hacen fuertes vociferando y apoyándose en el gentío que prefiere admirar palabras vacías pero sonoras antes que preguntarse cómo y por qué necesita primero un sujeto, luego un verbo y finalmente un predicado. Jamás conocí a un líder gritón. Mediocres muchos, creo que demasiados.
Los buenos hablan bajito pero fuerte. Cuando los malísimos se asoman al balcón, él se coloca delante y con su escudo de súper héroe protege a sus pollitos de los poderes fríos, oscuros y siniestros. Luego, cuando esos malísimos se dan por vencidos coge a la manada, la despluma y le enseña cómo evitar que esos miserables lleguen ni siquiera al corral.
Los corrales han cambiado y pienso que a peor. Ahora las manadas de adolescentes no caminan en cuadrilla, liderados por un par de guapos y sus respectivos aplaudidores. No. Ahora ese grupo se ha roto en mil letras inconexas, repletas de faltas de ortografía. Sí, hablemos del guasap, ese programa infernal que acobarda a la plebe y la empobrece hasta límites jamás conocidos. Antes los buenos le echaban testiculina e invitaban a su amada a bailar, incluso algún osado le pedía rollo. Ahora no. Ahora le susurra a través letritas, le manda cuatro fotos íntimas y tras un polvo sudoroso y mudo, se escuchan por primera vez la voz. Lejos quedan los tiempos de nervios durante las llamadas a deshoras para que no coja el teléfono un padre de voz profunda y lejos quedan las mil mentiras cuchicheadas con la puerta cerrada. Por morir, mueren hasta las cabinas de teléfono. Quedan cuatro y, después de ser indultadas este verano, ahora piensan dictaminar una pena capital. A mí me duele, a los románticos también, pero quien atraviesa una depresión pantagruélica es Supermán. No tendrá lugar donde cambiarse de ropa y salvarnos de la muerte comunista a manos del malvado calvo Lex Luthor.

martes, 29 de enero de 2019

Verdades a la cara

     


         Un tipo imbécil presumía hace unos cuantos domingos de decir todo aquello que pensaba a la cara del prójimo. De no guardarse nada en su cabecita loca repleta de mediocridades y faltas de ortografía. Aquella noche de gritos, el muchacho había vomitado una sandez a su enemiga ocasional y se parapetaba orgulloso bajo ese mantra ridículo: que la bobería la había dicho en su jeto.
         Querido tonto, si todos soltásemos al vecino lo que pensamos cuando riega sus plantas y, por casualidad o sin ella, salpicara nuestras sábanas recién tendidas, jamás podríamos pedirle ni una pizca de sal, ni siquiera saludarle en ese ratito de ascensor. A la cara se dice lo importante y no de cualquier manera. Berrearle malnacido y vil a quien, según nuestra nariz, nos ha hecho una trastada, es demasiado simple. Las cosas serias se dicen con voz bajita y firme, con el rictus serio, sin titubeos ni ruido alrededor.
         Y peor es el tuitero impertinente. El maestro Segurola tildó la red de barra de borrachos. Yo elevo la apuesta: Twitter es un lugar en el que la mierda se acumula en cada rincón bajo nombres falsos, cotillas, largones y acomplejados. Al tonto le conocían en su casa y poco porque, cuando alzaba un poquito el hocico, la voz matriarcal le mandaba al corral castigado. Ahora 270 caracteres y un ADSL le han dado publicidad. Miente parapetado en un fake name y duerme. Miente y come. Miente y vuelve a dormir, sin arrepentimientos ni cargos de conciencia. En este bar de brujas y tramposos, las olivas maceran en aceite pasado, las servilletas grasientas son pisoteadas por tacones gruesos y las cucarachas devoran los verbos mal conjugados. Buen provecho.  
La virtud es saber cuándo callar y cuándo hablar. Cuando escribir y cuando rectificar, con el nombre por delante. La vileza, mentir. Y quien lo niegue, miente.            

domingo, 30 de diciembre de 2018

Poesía


         Hace un par de martes un pollito leyó un poema en la radio amiga. Era la hora de la merienda o parecido y quien cuenta esta milonga, le escuchaba apretado en el tranvía, a escasos centímetros de un bolso de piel de cocodrilo y su conversación banal con un bastón fino. Subí el volumen. El pollito se llamaba Adrián. Por su tono de macho recién salido del corral, pensé que apenas le salían ocho pelos en el mostacho, cuatro en la perilla y dos en la bragueta. Eso sí, no tenía ínfulas culturetas ni aire pedante. Leía bien. Simplemente era un adolescente sensible, capaz y valiente.
Entre adulaciones y zarandajas de la bella voz del locutor y presentador, el muchacho recitó un puñado de versos urbanos más, en los que contaba cómo había vivido y sufrido un desengaño entre vidrios, plásticos y asfalto. Una mujercita. Sus rizos. Unos cubatas de garrafón. El desamor. Y una canción indie. Fue esperanzador. Y no por el tono ni el olor a pavo requemado que desprendía el poemario de Adrián sino porque simplemente, el muchacho había tenido la valentía de plasmar aquel episodio inocente en papel para, después, iluminarlo a través de un micrófono.
         Los gallos de mi generación, necios e imbéciles hasta decir basta, huíamos de todo lo que oliese a rima. Es de maricones, decía algún bocazas. El profesor desesperado por los prejuicios más ridículos, abordaba las más dulces historias de Juan Ramón Jiménez, Aleixandre, Pedro Salinas o Lorca con la única esperanza de que algún verbo suelto y libre picase. Pero nadie le hizo ni puto caso.  
El fallo estaba en nuestras narices. Quisimos aprender poesía a través de la memoria sin saber que el cerebro de un machote adolescente es tremendamente impermeable a cualquier arte. Ni un solo sentimiento que merezca la pena entra por lo racional. Por la cabeza. Los poros están en las venas, en el corazón y en las entrañas mismas. Pero eso sólo lo supimos después. Y ya era tarde.
 La EGB fracasó estrepitosamente en su rama de letras. Multitud de niñitos bien, acomplejados por un padre de voz potente, sus miedos y prejuicios, y un presumible futuro millonario, se lanzaron a los pechos de la economía y las finanzas (que tiene muchas salidas, ¡co!). Estudiaron números y se aburrieron como monos con la única esperanza de un futuro desahogado. Se equivocaron. Hoy casi todos ellos son infelices y cada mañana, cuando suena el despertador, maldicen lo que les queda de día; una vida planeada para sumar y multiplicar simplemente les resta y divide. Os jodéis, por cobardes.
  Admiro al tal Adrián. Sin tapujos. Él se sintió como una mierda durante un tiempo y no se calló como hicimos los gallos de la EGB. Se reveló a su manera y lo plasmó negro sobre blanco. A su forma. A su estilo. Con errores y aciertos. Y lo contó.
No tengan miedo. Lean. Escriban. Y muestren. 
La poesía huye, a veces, de los libros para anidar extramuros, en la calle, en el silencio, en los sueños, en la piel, en los escombros, incluso en la basura. Donde no suele cobijarse nunca es en el verbo de los subsecretarios, de los comerciantes o de los lechuginos de televisión. (Sabina dixit)    

domingo, 21 de octubre de 2018

Los sábados por la mañana



Los sábados por la mañana son algo muy serio. Los niños y las niñas acuden al patio a corretear detrás de una pelota, los jovenzuelos se toquetean mientras duermen la mona bajo el edredón y los padres colorean la nevera ayudados por los cobres de los abuelos. Hacia las dos y media de la tarde, todos juntos comparten mesa, mantel y servilleta de tela. Delante de la ensaladilla unos, otros, los otros y los demás se cuentan lo ocurrido el sábado por la mañana. Sin tibiezas. Los silencios los rellenan con un golazo inolvidable o un beso apasionado. La mesa del salón supone su lugar donde regresar. Los sábados por la mañana son algo tan serio que quienes atravesamos un periodo de entreguerras sufrimos pánico por entrar en esa espiral tan esclavista como apasionante.
He acudido al Mercadona y he visto como una par de pajarillos de corral (gallina y gallo) llenaban su carro con leche, galletitas, una redecilla de cebollas, pañales, además de un puñado de kilos de verdura verde y carne roja. El color naranja lo ponían las zanahorias. El papá y la mamá han aprovechado una oferta de tres por latas de atún en aceite de girasol, además de una cantidad ingente de papel higiénico. En su casa una legión de culitos finos pretende alcanzar la brillantez más absoluta.    
Soltero circunstancial y temporal, en mi cesta apenas había un paquete de gulas, pasta, cerveza de marca, un chuletón, salsa de setas, setas trompetilla naturales y jamoncito bueno; todo muy gourmet, muy chic, muy molón y, sobre todo, single. He cocinado con mimo y cariño, con cuidado y tiempo. Hacia las tres y media de la tarde me lo he comido todo, sin más ruidos ni interferencias que el sonido casi caníbal del tenedor y el cuchillo raspando la vajilla de IKEA.
La soledad voluntaria está minusvalorada. Hay demasiado ruido innecesario en nuestro alrededor y, de vez en cuando, es obligatorio un ratito de silencio. La mierda acumulada en nuestras rutinas apesta y nos impide distinguir el verbo útil de la mediocridad. Los perros ladran de lunes a viernes y los dueños cobardes sólo miran al cielo para resguardarse de la lluvia. Los soldaditos rasos lo único que pueden hacer es saltar entre baldosas para no pisar los cepos de los malos ni las cagadas ajenas.
Después de una buena comida, la siesta resulta necesaria con una película de serie B como fondo. Y luego sí, el cuerpo pide de nuevo ruido, que el cielo vuelva a tronar. De momento suena Carolina Durante, un grupito que huele fuerte y limpio. Los tibios se conforman con lo de siempre. Viven en la mediocridad hasta que su copla caduque. Radio Olé suena bien en las fiestas de agosto y poco, pero no un sábado por la tarde y menos de madrugada. Ellos, los españolitos de pro, no salen de la 94.0 y la sintonizan a todas horas acomodados en ese círculo de confort.  
 El café, la música y la vida deben consumirse calientes o frías, jamás templada porque cuando los tibios las meen, en los rincones nadie lo notará.