lunes, 29 de enero de 2018

Lo bueno



Fui precoz para casi nada. Aprendí a nadar tarde, a ir en bicicleta tarde, a besar tarde y, también, a apreciar las letras tarde. De jovenzuelo leí muy poco y escribí menos. Unas cartitas a unas bellas amadas (A., S., B.) y las cartas a los Reyes Magos fue el nulo bagaje de un pavito granudo, con más ganas de escuchar a Manolo García, hablar de fútbol, robar piquitos y jugar a la Nintendo que de abrir libros gordos y finos.  
Demasiado tiempo después, cuando le cogí gustillo a la tecla y el lomo, pretendí escribir Quijotes antes de, ni siquiera, terminar de leer la saga de Fray Perico y su borrico. Escogía caminos complicadísimos con giros kafkianos y odiosos gerundios cuando apenas era (y soy) capaz de rellenar un par de carillas en blanco. Correr maratones antes de caminar, vaya. Me examinaba en cada doc., sudaba un par de sentencias que no entendía ni yo y, mareado de tanta vuelta y revuelta, mandaba al infierno el feto creativo para volver a jugar al Candy Crush de turno. 
Una noche oscura, el maestro Mario Ornat, el tipo que mejor escribe en esta comunidad con mucha diferencia, criticó a algunos indies acusándoles de querer hacer de cada canción un himno. Ornat puso como ejemplo a mis adorados LOL y lo argumentó con un puñado de canciones. Le rebatí, aunque en el fondo y por lo bajini, me vi reflejado en esa sentencia loca. Había intentado lo mismo que esas bandas pero en mis entradas bloggeras: fabricar lemas y no historias para que los nietos de los nietos me recordaran como un antepasado avezado y no un muchacho al que le gustaba la literatura. Me di cuenta que las recomendaciones de la UNAV eran verdad: lo bueno es sencillo.
Y no confundamos, lo sencillo no es ni mucho menos simple. Con el verbo ser, el verbo haber y oraciones coordinadas cortitas y al pie se pueden contar historias fabulosas, sentimientos tremendos, finales felices y, por supuesto, mierda a paladas. A la mierda lo subordinado. En su último libro David Trueba nos cuenta la vida de un músico ochentero, con un pasado repleto de curvas que lleva las cenizas de su padre desde la gran ciudad a la tierra de campos. Trueba lo hace con una facilidad admirable. Arriesga desde la seguridad, desde la palabra conocida, la comida de menú, las maripis blancas y la camiseta abanderado. Eso, unido a su talento genético, cocinan una novela buena.
Luis Aragonés le preguntó a Xavi Hernández si quería jugar bonito o bueno. El demócrata de Qatar eligió lo bueno y acertó. Fue el mejor. Hay mucha gente bonita por ahí, gente guapa con chasis reluciente y lengua rápida. Buenos hay menos. El envoltorio es capaz de provocar un éxito sonoro en los estrenos, el aplauso triunfador frente al pollo prudente. El verbo ágil y la rapidez mental capacita para dar los primeros pasos e incluso provocar admiración del ignorante, pero luego no. Cuando el camino exige solomillo, lo mollar que dicen ahora, al bonito se le ven las costuras. Lo bueno, además de ese continente tiene lo más importante, contenido. El señorito bonito se despeña por el barranco sin más arnés que el de su glosa. El bueno como Trueba, a veces, triunfa.   

En esa noche oscura con Ornat y el bueno de Andrés sonó el Getting Away With it de James, un grupo británico noventero de rock alternativo que, como casi siempre, no conocía y ellos sí. Lo localicé gracias al maravilloso Shazam y desde entonces he recorrido su discografía guiado por el mago youtube. Ellos también son buenos.

miércoles, 1 de febrero de 2017

¿Quieres rollo?



                La saliva me sabe a hiel. Hace unos cuantos millones de sábados que no caminaba por unas calles donde todo fue diferente. He vuelto donde crecí y creí hacerme mayor aunque de allí sólo saliera un triste jovenzuelo necesitado de una buena ducha. Entonces el hedor a mierda y sobaco suponía el perfume sabatino más puro y agradable. Hoy inspiro y la acera huele a lejía (o parecido) y gasolina curada. Echo de menos la peste rancia y no me explico qué ha podido ocurrir. Allí soñé con ser tipo respetable y guapo. Hoy aquí todos duermen a las once en punto sin ruidos, gritos, cortejos ni peleas; pero no sueñan. Reí y lloré mientras pretendía robar cuatro besos a alguna muchacha despistada o veía como a mi amada le tocaba su culo respingón cualquier amigo miserable. Una abuelita entrañable abre su portal sin más dificultad que la fina lluvia invernal. El Rollo está llorando. La felicidad, servida en vaso de tubo reutilizado, sabe mejor que el dulce de marca sin sufrimiento previo, en copa de balón.
Quiero creer que la lluvia ha modificado los recuerdos y por eso mis huellas ya no  se quedan marcadas entre vómitos, un puñado de vasos de plástico y vidrios rotos. Ese suelo pegajoso decoraba el escenario de las conquistas. Abría la puerta del Atrio, decidido, y acercaba mi voz al oído perfumado de mi amada ocasional para soltar una sandez previa a una conversación poco inteligente y al sueño de un par de besos con lengua: “¿Vienes mucho por este bar?” o similar. Pocas veces lo logré pero eso, ahora importa poco. Su físico, su simpatía, su inteligencia, su din y su don no importaban porque el reto consistía en acumular carmín en los labios y presumir el lunes de un manoseo sobre un culo respingón hasta las once de la noche. Tan artificial como real. Miro a un lado y a otro, y mis pómulos se destiñen en un gris tristón. El Diecisiete también está cerrado. Hoy no queda casi nada de aquellas noches. Por cada fluorescente que palpita taquicárdico en busca de una muerte precoz, ocho han fallecido y lucen eso de “Se vende o alquila”.  El Rollo agoniza o, quizá, haya muerto.
 Aquí me despersonalicé. Pienso que todos nos despersonalizamos. Los niños y las niñas nos disfrazamos de mayores esparciendo en nuestro cabello tubos de gomina, unas botas con punta de acero, una camiseta de Oasis y un abrigo Bómber. La adolescencia nos espabiló con la mano abierta y el bolsillo roto, porque donde hoy hay papel, entonces, sólo resonaban cobres hurtados al monedero maternal. Cuando alzamos el mentón y recibíamos un golpe, lo volvíamos a levantar como machos ibéricos a pesar de que el moflete se teñía de bermellón. La vida despersonalizada crecía remojada en vasos de litro llenos de un mejunje asqueroso compuesto por Coca Cola y destilados varios. Todos querían su otro yo para parecer más guapo, simpático y limpio. Nos desinhibimos en el Devizio, el Dieciséis o el Pepeleches. Entre malos malísimos y buenos buenísimos nos hicimos un lugar en el que aparentar hasta el final de la noche.
         Ahora los pollos crecen en otro corral porque aquí no queda nadie. Yo también huyo. Hasta siempre. Nunca debí de volver.   

miércoles, 28 de septiembre de 2016

La gamba Pedro



            La gamba mantis es un crustáceo con una coraza que propina golpes comparables a los de un balazo. Mide diez centímetros y habita en aguas tropicales. Para sobrevivir mueve su columna con una velocidad superior a la de un disparo del calibre 22 y resiste el mordisco de los depredadores dentudos.
         En la calle Ferraz un tipo guapo, alto, sonriente y con un pelo desteñido en claroscuros ha superado a la gamba. De hecho estoy seguro de que hoy es capaz de perforarla como un rico queso gruyere. A Pedro le han disparado cañonazos, algunos tan débiles como un balín de ferias y otros del tamaño de un viejo misil Scut del pérfido Sadam Hussein, pero con acento andaluz y catorce años de presidencia del gobierno. Los ha resistido, unos y otros, y ahí sigue, impertérrito a la rebelión de sus pollitos.
Hoy se ha superado. Tras perder dos elecciones generales con los peores resultados de la historia reciente del partido, además del peso en comunidades donde un día se gobernó en clave socialista, diecisiete lagartos de su ejecutiva han dimitido con la intención de forzar su salida. Una especie de golpe de Estado de garrafón en la casa donde falleció Pablo Iglesias (el de verdad). Él no se da por aludido y resiste, ante todo y todos. Ha cambiado las cerraduras (una vez más) y se ha atrincherado en su cómodo sillón de piel oscura del despacho principal para hacer crucigramas, sudokus y, quizá, jugar al ahorcado con el ínclito Luena. Cenarán e intentarán dormir. Quizá lleven razón. Apelan a su interpretación particular del reglamento democrático socialista, otras veces tan vanagloriado por los pelotas y voceros, para aferrarse a un cargo ganado a golpe de voto militante.
         Se les llena la boca a los plumillas de baja estofa y a los politiquillos sin don de la necesidad de imponer la democracia interna en los estatutos de los partidos políticos. Hasta que les conviene. Hasta que ven como el soldado Sánchez languidece en el subsuelo electoral gracias a sus torpezas, su verbo vacío y lo que es peor: las enormes grietas en los cimientos del viejo edificio de Ferraz. Pedro se desangra y le desangran ayudado por fuego amigo y también por una coleta morada. Es momento de tomar decisiones radicales; "Cortar y cerrar" que diría aquel; porque, por ejemplo Pablo Iglesias (el otro) nació para comerse el espacio socialdemócrata donde tan cómodamente ha bienvivido el personal de la rosa y el puño. Ese tiempo se acabó.
         Pedro da pasos hacia adelante, quizá porque no tiene otra opción. Solo, con una interpretación particular de los estatutos, resiste tiros a diestro y siniestro sin más resultado que la autodestrucción de su bella figura y de sus siglas. A Pedro “El enrocado” le quedan muy pocos amigos y ninguna manta caliente que le cubra. Pedro tiene frío. Es lo que dicen quienes han estado a las puertas de la muerte.
         Los rebeldes con causa acusan ahora a Luena y a Sánchez de hacer una interpretación torticera de las normas; de mentir vaya. Un día lamieron el calcetín brillante de este economista y hoy, cuatro tormentas electorales después, lo quieren sacrificar y apuntan a la necesidad de tomar decisiones antes de la hecatombe. Quieren una catarsis en Ferraz y descabezar a esta ejecutiva que sólo sabe perder. Eso sí, de la responsabilidad de Pradas y la cuadrilla ni hablamos. No son capaces de marcharse con su Moisés para que otros cuelguen la pana en el fondo del armario y renueven, de verdad, un argumentario de 137 años historia.
         Algo similar sufrió Julio César cuando su amado Bruto le clavó el cuchillo en la espalda. César murió pero Pedro, de momento, no. Pedro tiene esa coraza y esa cola de la gamba mantis para resistir la puñalada de cada uno de sus muchachos.

martes, 24 de mayo de 2016

Carta amor

Darling M.;
Hoy le he dado unas cuantas vueltas de más al desayuno. Otra vez. He garabateado bocetos con los restos de café que respiraban por última vez antes de diluirse en el fondo gris oscuro casi negro. Corazones ceniza sobre fondo blanco en taza azul, lo titularía algún moderno con paleta y pincel. Miscelánea de colores primarios sin rosa ni dulce.
Te has marchado sin despedirte. Ni hasta luego, ni adiós, ni una palabra; ni siquiera una notita, con tu letra redondilla, sujeta por los imanes del viaje a París dando un por qué de tu huída. Yo sí te he gritado; la última vez anoche y solo. Aquel sonido del demonio rebotó tantas veces en los tabiques vacíos del salón que se hizo insoportable.
La televisión ha rellenado el vacío de tus conversaciones. Buscaba ruido y lo he encontrado tras cinco roces de mi dedo pulgar con el mando a distancia. En un programa de cotillas y mirones una muchacha se lavaba cuidadosamente los dientes; la rubia de ojos claros y orejas de soplillo lucía un escote censurable mientras discutía airadamente con su presunto amante ocasional. Tras descubrir un prominente lunar encima del pezón derecho he apretado el botón por sexta vez. En otros tiempos te hubiera tocado pero hoy no. Los desnudos aislados de deseo sexual tienen el mismo efecto en mi lívido que la piel verdosa sobre el forense que rebusca con mimo las razones de tu hasta luego.
Sobre el respaldo de la sillita del dormitorio continúan tu albornoz y las pantuflas, y en tu cajoncito la caja de preservativos que jamás estrenamos. Imagino que en tu apartamento con el muchacho de la barbita, los rizos y la batita blanca que tan poca gracia te hacía tampoco los necesitaste. Llámame y pasas a recogerlo todo, o te lo llevo donde quieras y, de paso, hablamos. Hablamos de él, del resto y ponemos punto y final al punto y coma que colocaste en nuestra historia para aclarar tu cabecita loca. Cuando me lo dijiste no entendí nada hasta que lo supe todo.
¿Qué hago con tu ordenador portátil? El virus ha infectado nuestras últimas conversaciones en Facebook. “A la mierda los románticos de la tinta china y el papel blanco”, decías. “Aquí escribo y borro lo que quiero y comienzo historias nuevas con el único pago de un click”. Onomatopeyas tan poderosas como crueles. En la carpeta 2015.doc fui protagonista principal de los relatos con final feliz, después un secundario respondón y elegante y ahora un triste figurante con gabardina sobre mis hombros y una maleta con ruedas para emigrar en lo irrelevante de un capítulo insípido; uno más en el atrezo de una novelita ligera con un epílogo que ya sé.
Lo sé. Darling, tú has muerto y aunque hayas muerto te esperaré.
#Siempre
P.

jueves, 21 de enero de 2016

El Españolito

         El mercadeo es humano. Desde los siglos de los siglos el señorito (da igual su pasaporte) vende al señorito lo que desea; y sus caudales y joyas fluyen por doquier en una nube de trueques y ventas por encima y por debajo del tapete. Hasta ahí todo normal (o no).
Pero el españolito (que no el español) ha dado un paso más en esto del trapicheo. Escucho que en el escándalo Acuamed las constructoras costearon a cambio de favores y licitaciones una implantación de pelo para el mandamás contratante. Desde entonces Fulano de Tal luce una tupida cabellera a coste cero para sus arcas, millones para el erario público e infinito para la desvergüenza ciudadana. Pero a Fulano le da igual; cada mañana atusa su pelo con mimo sin más preocupación que el champú revitalizante y las titis que puede enamorar con su nuevo peinado.
Anteayer una panda de tramposos con corbata pagaron masajes filipinos, tangas de hilo, batas, comilonas, suites, jacuzzis con espuma, borracheras de marca y putas con una Tarjeta Black pagada por un Gran Hermano que nadie conocía sin impuesto alguno. Economistas de relevancia, sindicalistas, ex ministros Ratos, banqueros de alta gama y demás ocultaron sus ojitos entre las tetas de las prostitutas para no saber quién era el mecenas de aquellos lujosos lupanares ni el pagador de sus tributos y gravámenes. Asco.
Y si no parpadeamos volvemos a ver al hampa Pujol con su libretita de cuadros en la que apuntaba mordidas de muchos ceros con billete a Andorra a cambio de concesiones; a un parlanchín de pelo rizado canoso y gafas que daba lecciones en televisión mientras mordisqueaba el fruto de la Púnica Granatum en la Comunidad de Madrid; a un Monedero que se salvó sobre la bocina vía declaración complementaria con hedor a café venezolano; al trinque andaluz, quienes entre rebujito y pescaíto se llevaban el dinero de los cursos de formación a parados. No me olvido del Albondiguilla y la reforma de una sede en Génova estucada con pintura blanca y fondos negros, de la Gürtel, cinturón si traducimos esa palabreja del alemán (Señor Correa, por si no se ha enterado); y así una lista infinita de robos y escarnios a la pecera de todos con un elemento común: el esperpento añadido al robo.
Cada escándalo que resuena en nuestras imprentas guarda en su partitura una banda sonora Berlanguiana que nos hace diferentes. El folclórico nacional no sólo roba sino que, además, saca su miembro viril y orina en nuestras calaveras sin pudor demostrando que hace lo que quiere, cuando quiere y porque le da la gana. La casta que decía aquel no entiende ni de colores ni de siglas sino de una cultura tan arraigada que en cualquier rincón a izquierda y derecha sale un listillo maestro del milagro de los panes y los peces.
Queridos, estamos en un país que ha ovacionado la silueta tripona de Jesús Gil a lomos de Imperioso y ha besado el anillo a mangantes y rufianes con verbo irregular y nula ética. No aprendemos. El trinque es un mal endémico en el humano de cualquier país pero que encima se ría en nuestra cara es denominación de origen españolito.

   Del mercadeo de escaños y sillones en el Congreso hablamos otro día. 

martes, 12 de enero de 2016

El entierro del salmón

            Las peras me encantaban. Suaves y jugosas; algunas carnosas, otras dulces o secas pero todas nutritivas y sabrosas. Compré kilos y kilos de peras, también de las pequeñas y riquísimas sanjuaneras que, tímidas ellas, sólo se asoman al calorcito de junio y julio. Una pera, dos y tres. Y hasta mil. Las engullí con la voracidad de un ogro glotón. Después aflojé mi cinturón para que todas disfrutasen de su parcelita cómoda en la amplitud del estómago. Un día, creo que de abril, me harté. Nunca más comí peras. Ahora, a parte, de Apple (¡jaja!) no tengo más relación con la fruta que una testimonial conversación de ascensor en la macedonia del día de Navidad.
         Luego devoré gulas. Angulas de trilero que cualquier jovenzuelo recién emancipado utiliza para anestesiar su conciencia cuando redescubre entre la basura las cajas de cartón grasientas y translúcidas de una cena previa a un botellón verbenero. Las gulas las mezclé con huevo, en ensalada y con jamón; con beicon, olivas, gambas y una picadita de ajo frito. Incluso crudas. Su polivalencia me entusiasmaba. Me volví loco; loco de atar por esta pasta con cresta teñida. Las mastiqué y paladeé a diario; mañana, tarde y noche. Incluso alguna madrugada de invierno sirvió de esponja sobre el penúltimo brebaje que había ensuciado mi lengua. Una o un millón, la gula es uno de esos bocados por los que hubiera hincado rodilla, mentón arriba, pecho inspirado y alianza en la mano. Pero también me hastiaron.
         Y luego llegó el salmón. Mi querido salmón al que tanto he citado en este blog. Rosáceo y nutritivo, algo grasiento pero muy energético me conquistó por su sinceridad. Nunca engañó con sus espinas. Eran grandes y visibles ante cualquier miope sin vidrios. El salmón era un pez sincero, de los que va de cara. Lo suficientemente sabroso para no necesitar cuatro cucharadas de salsa tramposa y lo suficientemente dócil para admitir, a su lado, una rica tártara sin malas caras ni enfados. A juicio del comensal. Pero querido salmón, ha llegado la hora de tu entierro.
Te amortajo con unas gotas de limón exprimido y una cebollita pochada a modo de plañidera. Eres un sucio cobarde que ha vuelto el pescuezo cuando el agua ha empezado a enfriarse. Después te has dado la vuelta, hacia atrás, río arriba, a revivir lo bueno y lo malo en lugar de discurrir en meandros repletas de anzuelos con gancho picudo y ricas gambitas sin gabardina.  
Acepto e incluso aconsejo mirar atrás, cuantas veces sea necesario, pero con los pies quietos. Las huellas ya marcadas en el parqué de algún apartamento que ofreció ricos desayunos deben quedarse ahí, como las de Armstrong y Aldrin en la luna, por los siglos de los siglos y amén.
Eso sí, aconsejo llevar en el bolsillo una libreta y un bolígrafo hasta las trancas de tinta china con el que anotar lo importante. Cualquier consulta o duda que surja unos kilómetros más adelante la resolveré con mis ojos y mi memoria, sin girar los pies. Lo apunto y no olvido. Todo. Todo.

Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. No lo digo yo, lo dice un poeta: Joaquín Sabina. 

sábado, 21 de noviembre de 2015

Tarde en París

          Los tambores del miedo estucan los finos tabiques del primer mundo. Estamos asustados por lo ocurrido en Paris; asustados porque un puñado de locos invocando a Alá han acribillado a rostros pálidos mileuristas con vaqueros, camisetas de Zara y gintonics en la mano derecha e izquierda. Nos creíamos a salvo y, a rugido de Kalashkinov, hemos despertado. Ellos apuntan y también disparan.
El miedo es moneda corriente desde que los asesinos nos demostraron, otra vez, que somos vulnerables. Hoy la apertura más oscura del Informativo no está en la luna sino a la luz de las velas de un restaurante con manteles y salmón en su menú y a la sombra de una discoteca donde podía resonar lo viejo de Vertusta Morla. El ISIS, el Daesh, o como se llame, come y duerme entre nosotros querido iluso.
Ahora en las tertulias prime time hacen eco los radicalismos: unos voceros de corbata y americana cruzada exigen gillotina al Islam y aviones cargados de bombas para dejar seca y yerma la tierra que no es nuestra; y otros pretenden exportar la LOGSE,  la LOMCE, un taco de octavillas y su verborrea progre como medida de contención a esta panda de rufianes con turbante DNI europeo y asiático, y armados hasta los dientes.
Algo hemos hecho mal en el primer mundo. En los cuarteles de invierno nos pusimos tapones en los oídos mientras otros taconeaban sus adoquines hasta un radicalismo extremo y vil. No escuchamos que durante décadas aquellos musulmanes han asesinado por miles a otros musulmanes y cristianos con navajas exportadas desde Albacete, desde el Califato que quieren reconstruir a golpe de sable. Nunca reímos las gracias de esa panda de asesinos, es verdad, pero sí poníamos el cepillo para que nos pagasen caros los cuchillos afilados de primerísima calidad. Y tampoco les vendimos un buen escudo a las víctimas de sus disparos.
 Queremos arreglarlo todo tarde y mal como casi siempre, cuando la bilis de esta pandilla está escupida en las aceras de occidente. Francia zarpa con su flamante Charles De Gaulle y creo que acierta porque, queridos amigos, esta es una guerra lícita. Nos han atacado, han asesinado a los nuestros y debemos responder. Pero iluminar la noche siria a luz de cohetes debe ir acompañado, como escuché al gran periodista Ramón Lobo, de un Plan Global en mayúsculas que acabe con este radicalismo sanguinario desde su más pura gestación. Ramón apuntaba que primero debemos saber quiénes son nuestros amigos y enemigos en aquel barrio repleto de pollos con plumajes diferentes y después, entre muchas medidas, debemos ahogarlos. Cortar sus vías de suministro, de agua, de luz y de sal, mutilar su propaganda en las redes sociales, prohibir la venta de armas y, también, sobrevolar sus cuarteles con F-18 cargados de misiles.
Ramón Lobo lo dice; se han acabado las guerras convencionales para Occidente. Ayer fue la hora de actuar.